Volviendo de nuevo sobre nuestros pasos y después de atravesar la ciudad de
Málaga y cruzar el Guadalhorce, entramos en un aparte de la Málaga costera, que es mucho
más que sol y playa. Es una Málaga singular, colorista, extendida, entre la sierra y el
mar. Es la Costa del Sol occidental. Solana de pueblos blancos recostados sobre la sierra,
balcones al Mediterráneo en Benalmádena y Mijas, regazos de valle en Ojén, Istán y
Benahavís. Mundo bullicioso y cosmopolita, que desde Torremolinos a Sabinillas convierte
la carretera N-340 en una de las calles más largas del mundo y por Marbella se adentra
hasta el pie de la sierra, por lomas y vaguadas, entre alfombras de golf, casas y jardines
de leyenda. Mundo de siempre en las huertas y campos de Estepona, Casares y Manilva, y en
los pequeños puertos de pescadores que aún quedan de la costa que fue y hoy se refugia
en los barrios más antiguos de las poblaciones costeras. Barrios convertidos a menudo en
cenicientas de una Málaga de fiesta que es vida. |